sábado, 9 de mayo de 2015

Wings. Violines Falsos 2x01

2. Karol

La brisa marina los acompañaba en su trayecto. La pequeña reía encantada de la mano de su padre, mientras el agua del mar acariciaba sus pies y la arena se hundía bajo ellos. El sol desaparecía lentamente, en preciosos  tonos anaranjados y rojos, hundiéndose en el mar a lo lejos.

De pronto él se detuvo y la alzó en sus brazos, dejando así que ella disfrutará de una mejor vista.

— Karol, ¿sabes porque te pusimos ese nombre? - acarició las mejillas de su hija, haciendo que en el rostro de ella apareciera una gran sonrisa.

— No - respondió medio divertida.

— Porque es un nombre fuerte,  de origen ruso - se detuvo unos segundos, contemplándola -. Tu madre lo encontró en uno de los libros que guardo y se obsesiono con la idea de que ese debía de ser tu nombre. Ya que eres una especie de milagro médico… - su padre se sumergió en una de sus típicas historias. Combinadas con la realidad y la ficción. Karol amaba cuando hacía eso. No había forma de saber  que era real y que no lo era en realidad.

De un momento a otro dijo algo gracioso que sonó borroso y ella explotó en risas. Su padre la dejó en la arena nuevamente y le susurró al oído.

— Si no llegas al final y dejas de luchar, no sabrás qué maravilla te espera - le dijo antes de emprender una carrera en la orilla del mar.

Karol corrió de la mano de él sin dejar de reír, hasta que la arena se volvió más honda. Y sintió como la tragaba. Asustada alzó el rostro para buscar ayuda en su padre, pero no lo encontró, desesperada miro a todos lados. Él ya no estaba.

* * *

Cuando Karol abrió los ojos vio una luz brillante y blanca que hizo que cerrará los ojos nuevamente, creyendo que por fin había llegado el final. Un olor a químicos muy típico de hospital se metió por sus fosas nasales y volvió a la realidad. Había fallado.

Era una suicida fracasada, en el hospital del que huía. 

Confundida intento abrir los ojos nuevamente, pero sintió que estaban pegados. Lentamente y con varios parpadeos logró abrirlos un poco. Su vista borrosa se acostumbró a la luz y observó como un cable atravesaba su brazo hasta llegar a una bolsa llena de agua que colgaba sobre su cabeza.

El lugar en el que se encontraba era una habitación con una cama blanca, en la que estaba echada. A su derecha había una gran ventana que daba a un jardín decorado especialmente para alegrar el ánimo. Aquello la hizo sentirse bien. El cielo celeste, las nubes blancas, algunos pajaritos revoloteando.

Gema notó que su amiga estaba consciente y saltó de su asiento para acercarse hasta ella con el rostro lleno de preocupación.

— Gracias - susurró en voz baja mientras tomaba la mano de su amiga entre las suyas -. Karol, dime por favor que estás bien - dijo esta vez en voz alta. Las otras personas que se encontraban en la sala se pusieron de pie al igual que ella.

Karol no distinguía a ninguna y su vista se convirtió en sombras oscuras. Escuchó palabras distorsionadas y gritos.

Pronto alguien gritó más fuerte y una puerta se cerró con fuerza. Se sentía mareada y los sonidos se distorsionan aún más.

Al agudizar la vista vio a su madre, en lágrimas. Un hombre estaba frente a ella y la consolaba.

— Solo no entiendo porque lo hizo - escuchó que sollozaba su madre con voz ahogada. Aquello la lastimó como si le estuvieran clavando algo en el corazón.

Sin querer pensar más en ello dejo que las sombras la absorbieran y el sueño se la llevará. O simplemente eran las drogas, no importaba.

***

— Yo le voy a sacar la concha cuando despierte - fue lo primero que escuchó Karol cuando recuperó por completo la conciencia. Frente a ella, Clace hablaba agitadamente con Cassia y Lizzie, que a pesar de todo no podían contener una sonrisa geninua en el rostro.

— Debe de haber tenido razones - la defendió Gema desde el asiento en el que se encontraba, al lado de la cama. Karol parpadeo para acostumbrar sus ojos nuevamente a la luz blanca del lugar. ¿Por qué todo parecía más claro ahora?

— Las tuve - pronunció seriamente, con la poca voz que encontró en su interior. Las tres presentes clavaron los ojos en ella.

— ¡¿Qué clase de razones puedes tener para quitarte la vida por un puto chico?! ¡Tú madre te necesita ahora más que nunca! - el rostro de Clace apareció frente al de ella, aunque luciera enojada su mirada preocupada la delataba. Clace era muy buena amiga, te entendía y guardando secretos era la mejor. Eso y al momento de decirte en la cara tus idioteces no se guardaba nada.

Furiosa se acercó hasta la cama e intentó propinarle un golpe, pero tanto Lizzie como Cassia reaccionaron y la detuvieron antes de que lo hiciera.

Karol sintió ganas de llorar, pero no lo iba a hacer. Necesitaba parecer fuerte y afrontarlo.

— Eres estúpida ¿no? - simplemente lo dijo y Karol no resistió más. Gema miró furiosa a Clace.

— Yo…yo…solo…lo siento - empezó a decir Karol sumida en lágrimas mientras Clace se contenía de seguir gritando.

— Será mejor que te vayas, y hables con Karol cuando esté más estable - Cassia susurró en voz baja, solo para que Clace la escuchará.

— Ella tiene que entender que acaba de cometer la peor cobardía - reclamó Clace sin apagar su furia -. ¡Dejen de ocultarle su puta realidad! - gritó pero se dejó detener por ambas nuevamente.

— Solo vámonos - Lizzie miró a los ojos a Clace y ella entendió que Lizzie estaba igual de molesta.

Las tres salieron de la habitación y Karol al verlas desaparecer por la puerta empezó a llorar descontroladamente.

— Lo siento - volvió a decir entre sollozos inentendibles. Gema cogió un vaso lleno de agua y se lo dio.

— Tienes que estar tranquila - le pidió y la chica asintió mientras tomaba el agua como podía.

* * *

Clace estaba echando humo por las orejas, y no se molestaba en ocultarlo. A duras penas Lizzie y Cassia habían logrado contenerla, pero sabían que no sería por mucho tiempo.

— Llama a Valen, ella no se calmará - Lizzie le susurró a Cassia, que sacaba su celular y marcaba el número de aquel que por poco y era hermano de Clace.

Valen y Clace eran más que amigos. Compartir cuna a los pocos minutos de haber nacido había sido el inicio para ambos. Clace era la chica más impulsiva que conocían, decía las cosas que pensaba y nadie se metía con ella por el respeto que emanaba. Valen, por otro lado, era un chico alto y algo torpe. Con un corazón blando y un espiritú infantil que casi siempre era opacado por Clace. Mientras Valen buscaba el amor en cada chica que conocía, Clace se deshacía de este con la misma facilidad con la que uno bota las envolturas de la comida embolsada. Aun así ambos era inseparables, habían pasado tantas cosas juntos que nunca se llegarían a ver de otra manera. 

— ¿Valen?, estamos en el hospital y Clace… -  Cassia hablaba a unos metros de Clace y Lizzie, intentando explicar lo que había pasado.

— Ya voy  para allá -  fue lo único que respondió Valen, parecía que había estado esperando la llamada. Como no, Clace no le ocultaba nada.

Clace se fue al baño a “respirar” e intentar estar tranquila, si es que podía llegar a estarlo. El númerito de Karol les había costado a todos, no solo a ella.  Al momento de encontrarla tuvieron que llamar a una ambulancia y desalojar la casa de Nick, que por poco estaba en llamas. Los amigos más cercanos quisieron seguirla, mas al final solo fueron Cassia, Lizzie, Gema y Clace. 

Luego de que Karol ingresará a emergencias las cuatro chicas pasaron una larga noche en la sala de espera, con el corazón en vilo y el miedo latente entre ellas. Ninguna se atrevió a llorar, porque sabían que hacerlo sería aceptar la posibilidad de que la habían perdido.

— Valen está en camino - Cassia le explico a Lizzie, que ahora estaba más aliviada. Ambas soltaron un suspiro.

— Bueno tengo que irme. Te dejo. Suerte con lo de Karol - le dijo despidiéndose y se alejó con rapidez, antes de que Cassia la pudiera detener.

La chica soltó un suspiro más. Aquello la estaba haciendo perder los pocos nervios que aún tenía. Karol era una chica muy especial, y mucho más cuando estaba en una crisis como aquella. Tendría que apoyarla.

— La necesitare - le respondió al aire cuando Lizzie dio la vuelta en la esquina que había en  el pasillo.

Y sí. La iba a necesitar, nunca había resultado sencillo hablar con Karol y menos después de lo que había pasado. Cuando Clace regresó ambas se sentaron en las bancas de plástico que había junto a la puerta. No se dijeron absolutamente nada, ni comentaron cómo estaban las cosas. Ambas ya estaban sofocadas con el tema, y lo último que necesitaban era atosigarse con ello. Solo se limitaron a esperar pacientemente la llegada de Valen.

Cuando lo vieron acercarse con su típico paso despreocupado ambas se pusieron de pie. Valen no era el chico más atractivo de la escuela, ni siquiera la mayoría lo consideraba atractivo. Era cabezón y tenía una nariz muy pequeña que desentonaba con sus ojos rasgados. Clace respiró tranquila levantándose de su asiento. 

Sin decir nada Valen apoyó su mano en el hombro de Clace y la chica asintió con la cabeza rendida.

— Solo encárgate de dejarle claro algunas cosas - Cassia asintió ante la sugerencia de la rubia.

— Hay muchas cosas que yo no me guardaré - le respondió sinceramente.

— ¿Cómo está? - pregunto Valen.

— Paranoica y algo loca - respondió Cassia conociendo lo suficientemente bien a Karol como para responder aquello.

— ¿Cómo siempre? - dijo Valen y Cassia le dio un golpe en el hombro.

— Solo agrégale el inminente deseo de acabar con su vida - le dijo y el chico estuvo a punto de repetir lo que había dicho como una afirmación pero Clace lo detuvo.

— Vámonos ya, si no se meterán en casa y estaremos cagados - Clace miró a Cassia sin saber cómo despedirse.

— Hablamos luego - le dijo ahorrando todo el drama que aquel momento podía contener.

Clace sonrió a medias y avanzó en dirección a la puerta. Valen se despidió con un gesto de mano y siguió a su amiga, apoyando su brazo en los hombros de ella. Como siempre.

Cassia los vio alejarse dándose cuenta de que ahora solo ella quedaba.

* * *

Ya en la habitación, Cassia se encontró con Gema abrazando a Karol, que lloraba continuaba llorando en sus brazos.

Gema la vio entrar y le hizo señas con la cabeza para que se acercara. Cassia se acercó hasta el borde de la cama y se quedó en silencio, sin saber qué hacer o por donde empezar. Tenía claras las cosas que debía de decirle, solo faltaba la determinación y delicadeza que no poseía.

Cuando alguien le contaba algo a Cassia, esta le decía su opinión sin pelos en la lengua. Muchos la sabían apreciar por ello, buscándola cuando querían escuchar la verdad y no mentiras blancas.

— Hey, ya tranquila. Mira, Clace no quiso decir nada de lo que dijo, en serio - la consoló Gema -. Es su forma de preocuparse, y lo sabes - Karol negó con la cabeza.

Cassia tomó una bocanada de aire y camino hasta el otro lado de la cama, en el que Gema no estaba. Con mucho cuidado se sentó en el borde y miró  a Karol. Lucía más rota que de costumbre. Karol era bastante pálida normalmente, en ese momento parecía una hoja de papel. Su cabello castaño lucía más despeinado de lo normal, combinando a la perfección con unos ojos rojos e hinchados. ¿Cómo decirle las cosas que tenía que decir sin romperla un poco más?

— Clace dijo lo necesario, solo debió de ser más sensible - explicó Cassia y Karol la miró confundida -. Entendemos que estés deprimida porque tu padre ha muerto, y que Jonathan te engañe de alguna manera hace el dolor mucho peor. Pero el suicidio no fue tu mejor decisión, y lo sabes. 

Karol asintió con la cabeza e hizo el ademán de hablar pero Cassia la detuvo.

— Déjanos asimilarlo, ¿sí? Estoy molesta, estamos molestas por lo que has hecho. Fue estúpido y sin mucho sentido. No puedes abandonar a tu madre ahora, fue egoísta Karol. Mucho - Karol agachó la cabeza avergonzada, y Cassia divisó unas lágrimas pero ya no se podía echar hacia atrás -. Te queremos, y no te abandonaremos. Pero tienes que darnos un tiempo para asimilar todo - Karol alzó la vista y miró a Cassia. Intentó decir algo pero su labio quedó temblando.

Cassia decidió no decir nada más y se puso de pie. Odiaba que la hubieran dejado  hacer eso sola, pero alguien tenía que hacerlo y prefería ser el punto de odio de Karol por un tiempo que apoyar la idea de que lo que hizo estuvo bien.

Miro a Gema unos segundos y salió de la habitación antes de que el drama regresará a hacer suya esa habitación. No quería ser parte de ello.

En cuanto salió, Karol se quedó mirando la nada mientras las lágrimas bañaban su rostro silenciosamente.

* * *

— ¿Hace cuánto tu padre está muerto, Karol? - fue la primera pregunta del hombre que la visitó a la mañana siguiente. Karol no aguantaba que los doctores la vigilaran como si no pudiera hacer nada por sí sola.

Poco a poco la depresión la iba a abandonando, y agradecía que ninguna de sus amigas la visitara por el momento. Solo la harían sentirse culpable y estúpida.

Cuando su madre le dijo que un psicólogo la visitaría todos los días a partir de ese, quiso escapar de ese lugar lo antes posible. No quería a nadie presente con ella, y mucho menos que la atosigará con preguntas de su vida.

— Unos meses - contesto algo tímida desde su cama de hospital. El hombre asintió con cara de lastima y apuntó algo en su cuadernillo. Como si aquel capullo se preocupara por su vida.

— Y dime ¿Cómo te sientes desde entonces?

¿Era en serio? Dios - pensó Karol. ¿Cómo que como se sentía? Pues obviamente mierda, destruida, sola, triste, sin ganas de vivir. Era la pregunta más estúpida que le habían hecho desde que había llegado a ese lugar.

Su padre era su complemento, siempre había estado para ella cuando más lo necesitaba. Y cuando de pronto una enfermedad se lo llevó su mundo se vino abajo con todo.

— Muy triste - se decidió por decir.

— Comprendo - dijo el hombre asintiendo con la cabeza y Karol se contuvo de hacer un gesto obsceno -. Yo soy el doctor Roberts y créeme, puedes confiar en mí - su intento de sonrisa sincera no se podía ver más falso.

— Usted está intentando averiguar qué hay de malo en mí, no se moleste en ser cortés - respondió con completa sinceridad.

— Te probaré que no - dijo apagando la grabadora que tenía y cerrando el cuaderno donde tenía apuntes -. Podemos conversar tranquilamente y apuntaré en tu historia que solo tenías algo de inseguridad adolescente.

Karol no terminó de creérselo y rodó los ojos. Llevaba furiosa consigo misma desde la fiesta en la casa de Nick, y no encontraba nadie con quien desahogarse. Al fin había llevado el momento de liberar su furia.

— ¿Qué quiere escuchar? Mi vida no es tan dramática, hice lo que hice por buscar una salida desesperada. Fue una tontería y nunca más lo haré. Solo estaba con un corazón roto sobre una pérdida inevitable. No le diré nada más de lo que quiera escuchar. No tengo problemas. Solo soy lo que dice: una chica adolescente con problemas de inseguridad - lo cagó en una y abrió la revista que Gema le había dejado en la mesita de al lado.

El hombre se quedó callado y aceptó su derrota. Era un caso perdido.

— Igual tendremos que vernos todos los días. Hasta luego Karol - dijo poniéndose de pie y saliendo de la habitación. Cuando cerró la puerta Karol permitió que las lágrimas  asaltaran su rostro.

Realmente. ¿En qué estaba pensando cuando hizo aquello?

Se quedó sola, sentada mientras pensaba que tal vez había sido un error haber echado a la única persona que podía ayudarla realmente.

Solo se oía respirar, lentamente. Tan despacio, que sentía que en cualquier momento ya no respiraría más. Se sentía frágil y no podía evitar pensar que siempre lo había sido.

Oyó que alguien estaba al otro lado de la puerta e inmediatamente se acomodó en la almohada y fingió dormir. Cerró los ojos y en serio deseo estar dormida.

— Sí, creo que sí será necesario - reconoció de inmediato la voz del psicólogo que había estado con ella hace unos momentos -. Tendrá que tomar estas cada ocho horas y estas - Escuchó que él dejaba algo en la mesita que había  al lado -, una vez al día hasta que veamos mejoras - termino de decir.

— Y eso… - era su madre, tenía la voz cansada y preocupada - ¿Lo paga el seguro?- la pregunta hizo que se le encogiera el corazón, que empezó a latir más fuerte.

— No lo creo, señora  Verdi - dijo el psicólogo en voz baja.

Escuchó que la puerta se cerraba, y sintió como nuevamente la soledad la invadía.

* * *

Abrió los ojos y se encontró en la oscuridad de la habitación que tenía asignada. Asustada se sentó de golpe en la cama, dejando que las sábanas se resbalaran por su cuerpo con el movimiento.

Un escalofrío la recorrió al comprobar que estaba sola. El aire que entraba por la ventana la despeinaba y provocaba un sonido que la había despertado.

Decidida a dejar de ser débil por un momento se levantó y se acercó hasta la ventana para cerrarla. Ignoró el frio que sintió cuando sus pies desnudos chocaron con las baldosas heladas del piso.

Atemorizada saltó a la cama y se arropó con las sábanas, intentando dormirse.

Sin embargo escuchó el sonido de la ventana abrirse nuevamente y una ráfaga fuerte de aire entró por la habitación dejándola helada.

* * *

— Despierta, bebé - escuchó la dulce voz de su mamá, que la sacudía con cuidado. Abrió los ojos y desde la última vez que los había cerrado por completo se sintió feliz.

— Mamá - logró decir aun medio dormida. Como si los recuerdos llegarán de golpe, se sentó asustada en la cama y miró a la ventana. Cerrada.

— ¿Pasa algo? ¿Quieres que la abra? - dijo su madre mirando en la misma dirección que su hija. Karol negó con la cabeza, atemorizada por dentro.

— No, está bien - dijo negando con la cabeza e intentando apartar de su mente la noche anterior. Debió de haber sido una pesadilla.

— Bueno, te tengo una gran noticia - el tono alegre de su madre la hizo sentir bien. Más que bien. Se hizo a un lado y dejó que ella se sentará en el borde de la cama, mientras cogía sus manos entre las suyas.

— ¿Y esa es? - preguntó, intentando sentirse igual de alegre.

— Te dieron de alta - aquello en vez de alegrarla la asustó. ¿Otra vez libre a enfrentar las consecuencias de sus actos? Sonrió como pudo.

— Aquello es genial. Realmente genial - dijo y logró que su madre le creyera, ya que sonrió ampliamente. Ignoró las ojeras negras que había bajo sus ojos.

— Iré a recoger todas las cosas que necesitas y vendré a que me digas todas las cosas que quieras que traiga para llevarte a casa. ¿Quieres que te compre algo? - Karol negó con la cabeza.

— Solo un vaso de agua - respondió y su madre sonrió.

— Hay uno en la mesa, vuelvo lo más rápido posible - se puso de pie y sin dejar de mirar a su hija salió de la habitación.

¿Cómo había podido romper el corazón de su madre? Nunca más la abandonaría. Nunca. Estiró su brazo para coger el vaso, y vio una mancha roja en él.

Nerviosa cerró su mano alrededor de él y al cogerlo lo sintió pesado y caliente. Temblando lo atrajo hacia su rostro y vio que estaba lleno de sangre.

Lanzó un grito y lo derramó sobre sí misma.

Automáticamente un par de enfermeras entraron en su habitación, seguidas de su madre. Todas las miraron con preocupación, y ella con terror.

— Había…había…sangre… - intentó decir bajando la mirada para ver como toda su ropa y sábanas estaban manchadas de agua.

Las tres la miraron confundidas y ella se sonrojó al ver su error.

Las enfermeras se miraron la una a la otra de manera significativa y Karol negó con la cabeza. ¡No estaba loca!

Intentando calmar su pulso y respiración sonrió como pudo, de manera rota y algo extraña.

— No dormí bien anoche porque me quedé viendo una película de terror - se explicó encogiendo sus hombros. Las enfermeras asintieron con la cabeza y salieron. Su madre se quedó mirándola, esperando algo pero Karol negó con la cabeza.

— Ya vuelvo - dijo su madre y salió nuevamente.

Era una suerte que ninguna de ellas hubiera notado como se aferraba a las mantas para dejar de temblar.

* * *

Cuando abandonaron el hospital en el carro de su mamá, Karol volvió a sentirse ella. Solo con un estricto régimen de pastillas diario bajo el brazo.

Su madre estaba deseosa de consentirla y le había dado la tarjeta para que comprara lo que deseará. Sonrió mientras acariciaba la tarjeta entre sus manos y miraba de rato en rato el paisaje que pasaba por la ventana del asiento del copiloto.

— Deberías de llamar a Gema para que te acompañe - sugirió su madre sin apartar la mirada del volante.

— Es lunes mamá, está en clases - dijo alegre de recordar a la perfección el día en el que se encontraban.

— Entonces deberíamos ir a casa inmediatamente para que recojas tus cosas y vayas a acompañarla - Karol negó con la cabeza, dejando de sonreír de golpe.

— Mamá… - se quejó pero su madre negó con la cabeza, girando justo por la casa de Jonathan. Karol no quiso ver a través de la ventana.

— El doctor ha dicho que tú le dejaste muy en claro que no tenías nada. Fue solo una falsa alarma y ahora puedes retomar tu vida. Qué mejor manera que regresar al instituto - Karol puso los ojos en blanco y apoyó su codo en el costado del asiento.

— Está bien - aceptó de mala gana.

No había nada mal en ella como para hacer más escándalo del que ya había. Si iba a regresar tan rápido al instituto era porque ella había tomado ese rumbo.

De vuelta al infierno

Le escribió a Gema en un mensaje de texto rápido.

Recibió un emoticón de respuesta.

* * *

Entro por el gran portón, siempre sentía una ráfaga de aire helado cada vez que atravesaba esa puerta. No sabía si era real o una ilusión pero era escalofriante.

Llego al pasillo principal algo nerviosa. El temblor que había empezado en el hospital continuaba sin dejarla en paz. Era solo un día común en la escuela. Un día que no tenía que ser diferente a los demás.

Solo que no era eso en realidad, era un día de instituto después de haberse intentado matarse. Y de que todos lo supieran.

Todos la miraban de reojo, nadie se le acercaba a hablarle, solo se limitaban a mirarla mientras avanzaba silenciosa. El aire  se hizo más denso y los pies le pesaban. Miraba al suelo y veía sus pies caminar rápidamente hacia su aula. ¿Porque había elegido la hora de cambio de hora para regresar?

Debió de haber revisado su horario (si es que lo encontraba) y esperar algunos minutos para llegar cuando los pasillos estuvieran desolados. Así tener que ahorrar todo ese show.

Una vez más se sentía sola. Agobiada por las miradas aceleró el paso hasta llegar a su destino.

Llegó a su casillero, todos reían en voz baja. Levantó la mirada y estaba rodeada de personas y en medio estaba parado Luci Berns o como más lo conocían: Lucifer. Le sonreía de manera aterradora, esperando a que hiciera algo para que sus ojos brillaran de maldad. Agachó la mirada intimidada. Odiaba a aquel chico.

Nerviosa apoyó la mano en la manilla de su casillero y colocó la combinación que se sabía de memoria: (28- 09-04)

La puerta de metal se abrió en el silencio de todo el pasillo, solo alcanzándose a escuchar aquel sonido. Todos la miraban y ella no lo entendía.

Una sustancia viscosa y pegajosa en sus manos la hizo dejar de mirar al rededor. Confundida miró sus manos y las vio completamente rojas. Al alzar la vista y ver el interior de su casillero tuvo que contener un grito. Sus cosas estaban manchadas de una sustancia roja que no quería reconocer.

Al fondo había algo escrito. Y una fotografía suya.

Agudizo la mirada y pudo leer lo que había.

‘‘Karol Verne 1998-2014 Q.E.P.D.’’

Las lágrimas quisieron asaltar su rostro, y lo hicieron. Las sintió corriendo por sus mejillas. Al girar la cabeza vio a Luci sonriendo como un demonio.

Y es que aquel era el infierno. Y él era el diablo.

* * *

¿Dónde estaba el baño de hombres en ese instituto? - Se preguntó Rolf confundido. Ya llevaba días en esa escuela pero nunca se había visto en el apuro de ir al baño. O es que siempre había estado preparado para no hacerlo. Maldita hora en la que se despertó tarde.

A cada paso que daba se sentía observado, y odiaba esa sensación. ¿Acaso nadie en ese lugar tenía una vida? Su plan de supervivencia era pasar desapercibido y no llamar la atención de nadie más de lo normal.

Caminaba de un lado a otro mirando atentamente cada una de las puertas. Había encontrado por lo menos tres puertas que decían “Almacén” y ninguno que dijera “Baño”. Aquel instituto cada vez le parecía más raro.

Después de caminar por un buen rato y ver cómo las mismas chicas de siempre lo miraban de reojo, encontró el baño. No era grande, de echo la puerta le parecía más pequeña que una puerta normal.

Entró cautelosamente, estaba algo iluminado y olía a formol. Un desagradable olor a formol. Realmente, ¿qué pensaban sus padres al meterlo a esa escuela?

Miró hacia el urinario que había al final de la habitación y soltó un suspiro de alivio, había estado aguantando unas dos horas.

Bajo la cremallera de su pantalón y las luces se apagaron. No había nadie en el baño cuando entró. Si era una broma realmente lo estaba asustando.

- Hola - escucho una voz aguda que parecía la de una chica. Por un momento se creyó perdido. Una chica. Maldición. ¡No quería hacer cosas que no deseaba!

¿Porque esas cosas le tenían que pasar a él?

Inmediatamente se subió la cremallera e intentó agudizar la vista para ver en la penumbra. Sólo alcanzó a ver una sombra grande y alta. ¿Un…hombre?

Debía de ser una broma, tenía que ser una broma. Las luces se encendieron y lo pudo ver.

Un chico definitivamente. Realmente lo conocía, estaba en su aula y lo había visto hablando con un grupo de chicos varias veces.

— Hola - respondió  algo asustado. ¿Qué se suponía que debía de hacer en esas circunstancias?

— ¿Tú juegas para la  CFJ? ¿Cierto? - le preguntó. La pregunta le asombró, ¿Cómo sabía eso? Él entrenaba en la CFJ desde que tenía cinco años y hasta ese momento lo hacía. Sin embargo no se lo había dicho a nadie en ese lugar, ni siquiera recordaba haberlo mencionado.

— Emm…Sí - respondió dudoso. El chico sonrió y él se sintió algo estúpido.

— Soy Michael -  se presentó  y por algún motivo le inspiro confianza. Una extraña confianza que no había sentido desde que había empezado a estudiar en ese lugar.

Extrañaba a sus amigos, todo del antiguo lugar en el que vivía. Y al ver a Michael sintió que podía volver a tener una amistad verdadera. Era extraño. También sonrió.

— Rolf -  le respondió y el chico soltó una carcajada.

— Suena a perro - dijo y no le molestó. Le causó gracia y se rio con él.

Por fin había encontrado un amigo.

* * *

Los alumnos entraban al aula mientras la profesora acomodaba el material en la mesa de la que disponía. Era una mujer alta y delgada, de piel oscura y exótica. Su cabello estaba trenzado de manera especial, y llegaba hasta la cintura.

Poco a poco los asientos se iban llenando. Gema entró al lado de Karol, que ya no estaba afectada y echaba humo por las orejas. Detrás de ambas venía Catalina, con varios libros entre sus brazos y el cabello algo despeinado.

Comentaba emocionada algún hecho de la clase, sin embargo ni Gema y ni Karol le prestaban atención.

Las tres se sentaron en los asientos del fondo. Karol miró aliviada que Clace no estuviera en esa clase, era una suerte que no hubiera coincidido.

— ¡Empecemos! - dijo la profesora con voz demasiado chillona. Todos la miraron desagradablemente.

— Esperen - se escuchó un grito al otro lado de la puerta, y una mano impidió que la mujer cerrará la puerta. Un chico ingreso al aula con el cabello despeinado y los lentes chuecos.

La entrada de él hizo que cierta chica levantará la cabeza y lo mirará disimuladamente sobre la cobertura de sus libros. Catalina cada vez se sentía más curiosa por él, pero mantenía su deseo bajo siete llaves. Si alguien descubría su debilidad dejaría de ser vista como la chica más inteligente y perseverante del año, algo que no quería para nada.

— La próxima vez no entrará - lo advirtió la profesora mirándolo seriamente y la nariz del chico se puso colorada. Asintió con la cabeza y tomó asiento unos cuántos más adelante de las chicas.

Catalina no pudo evitar seguirlo con la mirada, era como si no pudiera evitar hacerlo. ¿Qué tenía aquel para provocar eso? No era guapo, apenas pasable. El cabello castaño y siempre despeinado, la cara algo ancha y la nariz muy redonda. Tenía un aire a Daniel Radcclife con los ojos pequeños y las gafas con medida de botella.

Cuando se fijó en él su primer pensamiento fue: me gustan los chicos feos. Y cuando se dio cuenta de que había usado la palabra ‘‘me gustan’’ vio que ya no había vuelta atrás. Con el tiempo todo se había vuelto más complicado, e intentar no pensar en él era imposible. No lo lograba por más que lo intentará. Gema, que estaba a su lado, le dio un codazo y le sonrió pícara.

Las mejillas de Catalina se encendieron y agachó la mirada. La profesora hablaba y hablaba y ambas no la escuchaban.

¿Te gusta?

Le dijo con los labios Gema y Catalina negó con la cabeza automáticamente, aunque Gema solo alzó una ceja divertida.

Sí.

Se respondió ella misma y Catalina miró su carpeta apenada. Abrió el libro que estaba leyendo “María Antonieta” y decidió perderse en sus letras.

— …como iba diciendo. Pueden confiar en mí cuando deseen - la profesora hablaba mirando a todos. Era estúpida la manera en como cada profesor intentaba inspirar confianza -. Hija - le dijo dirigiéndose a Karol -. Si, tú - volvió a decir al ver que Karol no le prestaba atención. Karol la miró algo asustada. Todos los presentes fijaron su mirada en ella - sé que estás pasando por momentos difíciles  ya sabemos todos que las personas podemos ser algo estúpidas ¿no? Y los padres no son para siempre ¿no? - Luci al fondo del salón se rio con un grupo de chicos -. Pero tranquila puedes confiar en mí tanto como en tú psicólogo - les sonrió Todos rieron en voz baja y Gema miró incrédula a la profesora.

— Que te den - le respondió Karol poniéndose de pie y saliendo del aula furiosa, con algunas lágrimas en los ojos que reprimía. Silencio las risas malignas que sonaron como coro cuando abandonó el aula.

Quería llorar de impotencia y explotar. El hospital ahora parecía un paraíso comparado con todo lo que tenía que enfrentar.

Agobiada por todo corrió hasta el lugar más apartado de la escuela. Un pedazo de jardín que habían construido para que los alumnos y profesores se relajaran pero más lo usaban para fumar a escondidas. Después de todo ningún profesor se pasaba por ahí.

Era el único lugar en que se podría relajar.

Pero cuando olió a tabaco mientras se acercaba supo que no. Sin ganas de darse la vuelta llegó hasta su destino y se encontró con la rubia que menos necesitaba.

Deborah.

Se sentía decepcionada de ella. Se había enterado que Deborah dio una fiesta hacía unos días mientras ella estaba moribunda en el hospital. Ni siquiera había ido a verla o la había llamado. No le había importado en absoluto. Aquello no la había sorprendido pero sí chocado.

— Hey. Hey Karol… - dijo con una vocecita de niña inocente que solo ella sabía fingir.

— Hola Deborah - sin ganas de hablar se limitó a responderle el saludo. Estaba agotada y no quería hablar precisamente con ella.

— ¿Estás mejor? Me enteré de que… - empezó a decir pero Karol la interrumpió a mitad de la frase.

— Te enteraste e hiciste una fiesta ¿no? Eso es lo que yo me entere. A parte tú estabas en el lugar de donde me llevaron - le gritó con toda la ira que tenía desde que salió del aula.

— Oye escúchame bien a ti no te interesa las fiestas que hago y las que no. O a las que estás invitada y las que no. Tu salud psicológica no tienen nada que ver con mi vida y las fiestas- le respondió con total calma y frialdad. Como un huracán a punto de empezar.

— Pues agradecería algo de preocupación, deberías de dejar de ser tan puta de vez en cuando - llegó a decirle antes de darse media vuelta para irse. Deborah sin cuidado la cogió del brazo con mucha fuerza, reteniéndola y haciendo que la mirará a la cara.

— He tenido un día de coña y tú lo empeoras. Así que hazle un favor al mundo y ve a encontrarte con tu papi - le respondió, desparramando todo el humo que tenía su boca sobre el rostro de ella.

Karol que era asmática y nunca había fumado tosió con fuerza, agachando el torso y apoyándose en sus rodillas.

Al alzar la vista vio a Deborah apoyada en la pared de granito que había, sonriendo y tomando otra calada del cigarrillo. La miró con profundo odio y salió corriendo del lugar y el instituto sin saber a dónde.

* * *

Temblando y con el rostro surcado de lágrimas cayó de rodillas en el pasto. No le importó que hubieran algunos vidrios rostros ahí y le rasparán la rodilla.

Había salido corriendo del instituto, y tomado el primer bus que encontró con rumbo a las afueras del pueblo. Cuando llegó al cementerio no dejó de correr hasta llegar a la tumba de su padre.

No dejaba de sollozar escandalosamente y las lágrimas hacían que sus ojos ardieran. Intentó calmarse y dejó de emitir sonido alguno mientras esperaba que su rostro se seque. Parpadeo varias veces, como si estuviera sumida en un sueño y deseará despertar.

Mientras corría creía haber visto a Jonathan fumando acostando en una tumba. Pero no. Solo había sido una confusión de su mente. Debería de olvidarse de él. De todo lo que había significado.

— ¿Qué debo hacer papá? Por favor ayúdame - susurró en voz baja, acariciando la letras grabadas en la lápida de su padre -. No sé qué hacer. Dijiste que debía de encontrar la salida. Dijiste que estarías conmigo. Dijiste que siempre me ayudarías. Maldita sea ¿porque no estás aquí? Por favor vuelve…vuelve - dijo entre sollozos -. Papi te necesito vuelve por favor. Dímelo ¿sí? Dime el qué debo hacer. Di algo ¡solo algo! - grito al viento esperando que donde quiera que estuviera su padre la escuche. - Coño ¿Por qué no dices nada? - se dejó caer sobre el pasto.

Sin saber qué hacer. Sin querer hacer nada. Esperando que algo que ya no estaba, regresara. Ella sabía que no lo haría.

Sintió como al aire limpiaba sus lágrimas y poco a poco el dolor y la desesperación disminuían. Y lo entendió.

Debía de apoyar a su madre. Al menos ese sería el inicio de todo.

Cuidadosamente sacó su celular del bolso que tenía y marcó el número 2. Automáticamente empezó a timbrar y al segundo pitido su madre contestó.

— ¿Karol? ¿Estás bien? - su voz sonaba más que preocupada y Karol no pudo evitar sentirse culpable.

— Sí mamá. Yo…solo vine a visitarlo - respondió con voz rota y escuchó un sollozo - No, mamá. Estoy bien, ¿sí? Solo necesitaba verlo - después de unos segundos de sollozos imagino a su madre asintiendo con la cabeza.

— Te espero en casa - le dijo y Karol medio sonrió.

— Ahí estaré - respondió y dijo lo que debía decir -. Lo siento. Nunca más volveré a hacer algo así.

— No te preocupes cariño, irás aprendiendo - Karol esperó que su madre hubiera entendido. Porque no tenía valor para hablar de su intento de suicidio como un hecho real. Para ella siempre sería algo ficticio que desea olvidar.

— Nos vemos en casa - atinó a decir – Te amo, mamá.

— Nos vemos en casa - respondió su madre y colgó.

No se separó del celular hasta que estuvo sentada junto a la lápida.

— Nos vemos en casa - le susurró a la lápida antes de ponerse de pie y alejarse caminando.

* * *

— ¿¡Has visto a Karol, Cassia!? - preguntó Gema algo alterada. Hace unas horas que Karol había salido casi llorando de la clase. Desde entonces no la había visto y no la encontraba por ningún lado.

— No, seguro que está en el baño o algo así - respondió  Cassia intentando evadirla. Conocía los lapsos dramáticos de Karol y sabía que terminaban pronto.

— Si eso espero….- susurró Gema mientras se dirigía al baño de mujeres del primer piso.

A los pocos minutos concluyó: No estaba. Ni en el baño. Ni en el patio. Ni en la dirección. Ni en la oficina de los profesores. Ni en ningún salón.

Desesperada y asustada por los antecedentes de su amiga sacó su teléfono y envió un mensaje a Cassia, Bell, Lizzie y Clace.

Karol no está. Ayúdenme. No está en el instituto.

Fue hasta el casillero de Karol. Se sabía su contraseña, abrió. Se encontró con su horario de medicamentos y pastillas. Al lado estaba su bolso. Mierda - pensó - Maldita  mierda.

Había desaparecido y sus pastillas estaban en su casillero.

El terror la invadió y no supo si marcar a su mamá y comunicarle. Sabía que se pondría demasiado nerviosa y eso no ayudaría en nada.

La encontraremos.

 Recibió de respuesta e intentó calmarse. Karol debía de aparecer.

* * *

Salió del cementerio, intento no mirar a atrás en cada paso que daba. Estaba dispuesta a ir a su casa pero solo se dejó llevar por sus recuerdos y sus pensamientos.

Tomo el autobús y sin saber dónde se bajaría exactamente se dejó ir.

Bajo en un paradero que por alguna razón  se le hacía familiar. Camino mirando el asfalto, la gravilla, incluso el aroma le traía recuerdos. A mar.

Cuando el bus partió reconoció el lugar en donde se encontraba: la playa que todos los días visitaba. Entusiasmada por un momento corrió hasta llegar a la arena. Se quitó las zapatillas y remango el pantalón que tenía puesto.

Al hundir sus pies en la arena sintió como una alegría peculiar la embargaba. Se sentía…en casa. Aquello provocó que sonriera ampliamente.

Con lentitud, dejando saborear el momento, avanzó por la orilla olvidándose por un momento de todo.

En ese momento sintió la necesidad de mirar atrás, medio como esperando que su padre estuviera ahí medio queriendo verlo solo una vez más.

Él no estaba ahí, pero si había alguien. Un chico, estaba sentado en la arena jugando con ella y con la cabeza agachada. Se lo quedó mirando un momento hasta que el levanto la mirada

Era Michael, un chico de la escuela, le había hablado un par de veces. Le sonrió. Y él le devolvió la sonrisa. No lo conocía de casi nada, solo sabía que era un buen chico y algunas veces estúpido. Había estado en su salón y habían hablado de algunas cosas, pero nunca llegaron a ser amigos de verdad. Sin pensárselo mucho y considerando que estaba sola optó por acompañarlo. Se sentó junto a él en la arena.

— ¿Qué haces aquí? - le preguntó Michael, levantando la cabeza para mirarla.

— Mi padre y yo solíamos venir aquí… a matar el tiempo - le explicó mirando el mar. La brisa hacía que ambos mantuvieran los ojos un poco entrecerrados. Karol se amarró el cabello para evitar que este le fastidiara a Michael, cayéndole en la cara.

— Oh… Disculpa por la pregunta yo no quería – empezó a parlotear el chico sabiendo de antes sobre Karol y su padre.

— No, descuida. Creo que está bien - se apenó un poco pero igual sonrió -. Extraño a mi padre muchísimo. Pero eh aprendido a salir adelante - dijo bajando la voz sin saber por qué le contaba eso realmente. Michael escuchaba atento como contaba cada cosa que recordaba de su padre. Sus recuerdos eran tan intensos, tan puros y profundos.

Sin darse cuenta empezó a hablar de su padre sin parar. De los recuerdos que tenía, los pensamientos que la abrigaban cada noche antes de irse a dormir recordándolo. De lo sola que se sentía cuando nadie notaba como su corazón seguía dolido por más que sonriera.

Y él la escuchó atentamente, sin comentar nada, pero estando presente. Hasta que las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas y apenada agacho la cabeza. Él cogió su mentón e hizo que alzará la vista, mirándolo a los ojos.

— No está mal llorar, Karol. Ni hablar de lo que sientes verdaderamente. Sé sincera con las personas. Porque hay muchas que se preocupan por ti – le dijo, animándola. Ella sonrió a medas y dejó que él con su dedo pulgar secará las lágrimas que tenía.

— Y ¿Tú que haces aquí? - le pregunto después de terminar de hablar y mirándolo a los ojos.

— Yo. Bueno este lugar también me hace pensar en una persona - dijo sonrojándose un poco y poniendo una voz muy aguda. Karol sonrió ampliamente al notar su nerviosismo.

— ¿Se puede saber quién es? - Karol tenía una curiosidad del tamaño de África. Y cuando quería saber algo, pues tenía que averiguarlo. El mar sonaba despacio mientras hablaban y el viento agitaba sus cabellos rubios.

— No. Bueno tal vez. No sé. Puede ser… ¿Quieres saberlo?- la miro a los ojos, que brillaban gracias al color  anaranjado que tenía el cielo.

— Por supuesto que si - dijo emocionada.

— Pues tendrás que alcanzarme – la retó Michael con una sonrisa, mientras se ponía de pie y se lanzaba  a toda carrera por la arena.

Karol se levantó riendo, respirando ese aire tan familiar.

— ¡Me lo dirás entonces! – le gritó con fuerza echándose a correr detrás de él.

Y ambos empezaron a correr sin parar. Él volteando a verla de rato en rato, y ella riendo. Los pies hundiéndose en la arena, la brisa marina acariciando su rostro, el aroma a mar que tanto le gustaba.

El sol a lo lejos se escondía, infinito, rojo, casi borroso como en algún antiguo recuerdo que en ese momento le parecía tan vivo.

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