Capítulo 1 ”Todos”
Los pequeños rayos de luz que entraban a través de su ventana ya iluminaban su rostro. Instintivamente sus ojos se abrieron y frunció el ceño al darse cuenta de que la noche ya había terminado. ¿Tan rápido? Un pitido a lo lejos le aviso que su despertador ya estaba sonando.
Cansada se puso de pie y lo apago lanzándolo a un lado, contra la pared. ¿Ya era hora? ¡No podía ser! La puñetera noche se había pasado volando frente a sus ojos y solo había alcanzado a dormir un par de horas.
No pasó mucho tiempo para que al fin tomará la convicción (muy poca, en verdad) para erguirse por completo. Lunes. El primer puto día de clases. Y como siempre, tarde.
Se arrastró hasta el baño y miró su propio reflejo en el espejo. Sus ojos negros tenían como adorno ojeras oscuras debajo, resaltando sobre su piel pálida. Aburrida tiró su cabello para atrás y se mojó el rostro con el agua que caía del caño.
Gema Macon era una de las chicas más hermosas de ese lugar, y lo sabía. Con su rostro bello y sus facciones delicadas se había ganado enemigos y amigos. Su piel pálida brillaba al lado de su cabello largo, negro y espeso. Las cejas perfectas, la nariz respingada y los labios formados no eran suficientes. Ya que sus ojos negros eran tan profundos que embriagaban a quienes los veían.
Descuidadamente se pasó el peine por el cabello e intento darle un aspecto aceptable para el día.
– ¡Ya vas tarde, Gema! – le gritó la voz chillona de su hermana menor y Gema puso los ojos en blanco. Lo último que necesitaba en ese momento era a su jodida hermana.
– Ve avanzando Anna, te sigo – le respondió saliendo del baño y rebuscando entre la ropa tirada alrededor de su cama. Recogió unos jeans y se lo puso rápidamente, quedándose con el polo negro manga cero con el que dormía.
Las manillas del reloj continuaba avanzando y la posibilidad de llegar tarde era inminente. Jalo una chalina roja de entre sus cosas y se la enredo en el cuello como sea.
– Deberías de cambiarte más rápido considerado que Miller te está esperando en la puerta – apareció su hermana de la nada junto al umbral de la puerta. Anna tenía una sonrisa maliciosa en el rostro y sus ojos brillaban de pura maldad. Gema abrió los ojos desmesuradamente al entender lo que su hermana le había dicho.
– No puede ser. Le dije específicamente que…
– Lo que sea que tengas que decirle ve a hacerlo tú misma. A mí no me hace caso y no pienso perder mi tiempo – Anna, muy parecida a su hermana, se encogió de hombros para girar sobre sus talones y desaparecer.
– Mierda – fue lo único que Gema pronunció en voz alta recogiendo su bolso y saliendo de su cuarto como alma que lleva el diablo.
Sabiendo que ninguno de sus padres estaba en casa bajo las escaleras y salió de su casa intentando parecer lo más tranquila. Más no podía estarlo sabiendo que Miller la estaba esperando.
Recostado en el umbral de la puerta, Miller giró su cabeza al sentir la presencia de ella. Al verla sonrió de lado, presumiendo su dentadura blanca.
Era el prototipo de chico guapo y engreído para cualquier chica hormonada. Alto, de tez blanca y ojos azules. Su cabello rubio caía sobre su frente despeinado. El único defecto que Gema podía encontrar en él eran sus cejas gruesas y pobladas, cruzando su frente como una línea negra. Le divertía mencionárselo todo el tiempo para recordarle que no era un muñequito perfecto de colección.
No eran más que amigos, nada más.
Aunque era considerado el chico más guapo de la escuela, ella no le encontraba el gusto. Sus facciones de modelo y cuerpo escultural no la convencían de que él era el prototipo de belleza. Su atractivo se basaba en la figura de chico guapísimo actual. Por el que cualquier chica estúpida se mojaría.
– Te dije que no iba a ir contigo el primer día, ¿no lo entendiste? – dijo firmemente dándole la espalda y avanzando por la calle. Escuchó como él se erguía y la seguía de cerca.
– ¿Por qué no quieres que nos vean juntos? – le preguntó curioso, con su voz grave y gruesa.
– Porque acabo de terminar una relación con Gerard y no quiero que anden rumoreando que tengo algo contigo – explicó como si fuera la cosa más simple del mundo, y es que lo era para ella. No le importaba lo que pensaban los demás, pero no quería que Gerard estuviera escuchando esas cosas de ella.- Como sea, ya estás aquí. Vámonos – dijo y Miller tomó aquello como una pequeña victoria. Dio un paso a su lado y se conformó con ir caminando con ella.
Gema era la chica más sexy de todo el instituto. Y es que no solo era hermosa, sino también poseía un atractivo muy fuerte. Alta, y esbelta. De piernas formadas, con caderas amplias y cintura estrecha. Miller sabía de eso muy bien, y conocía que desde ese momento más de un chico empezaría a intentar algo con ella. No importaba si ella no te tomaba en serio y eras un simple agarre. Agarrar con Gema se consideraría un honor.
Ambos caminaron en silencio en dirección al instituto, que no quedaba más allá de unas cuadras. Miller miraba de reojo a Gema, y comprobaba una vez más que aquella chica no solo tenía un increíble cuerpo sino también un rostro precioso. Era como un ángel al que solo le faltaban alas. Daba la impresión de que en cualquier momento tomaría vuelo y se alejaría de él para siempre. Aquello oprimió por alguna extraña razón su corazón.
Mientras Gema solo no podía evitar pensar en lo mal que iba su día. ¡Primer día de clases, joder! No era fácil lidiar con el hecho de que desde el momento en que cruzará la puerta principal tendría que lidiar con millones de personas curiosas sobre su ruptura con Gerard. Sin embargo, considerando que ya tenía puesta una prenda de su pijama, nada podía ser peor… ¿O sí?
Cuando ya estaban a una cuadra del instituto pudo divisar a una rubia apretujándose contra la pared de una vieja casona con su enamorado. Miller alzó una ceja al reconocer a la chica: Deborah McMillian.
Ninguno de los dos era discreto. Él comía su boca mientras ella enredaba sus piernas en su cintura y lo abrazaba más aún. Él deslizó sus labios de la boca de ella hasta su cuello y Deborah abrió los ojos. En el momento en el que su mirada se encontró con la de Gema los reconoció y esbozó una gran sonrisa. Deborah tenía la mala costumbre de agarrarse a alguien cuando lo necesitaba, siendo el chico en cuestión su enamorado oficial o no. Sobre todo después de lo que había pasado en el porche de su casa con Miller durante el verano.
Gema apartó la vista disgustada, no le agradaba ver a su amiga en esas condiciones. Sin pensarlo sostuvo la mano de Miller e intento jalarlo para que cruzarán la pista al frente, y evitarán a Deborah. Miller, por otro lado, estaba más entretenido con Deborah por lo que sin soltar la mano de Gema avanzó hasta llegar a la rubia.
– ¿Sabían que hay hoteles muy baratos cerca? – les dijo carraspeando un poco la voz. Ambos se detuvieron para mirarlo y Miller sonrió satisfecho. El chico lo miró furioso mientras que Deborah desenredaba sus piernas y lo alejaba con un empujón.
– No hablen mucho ustedes, sabemos que ustedes no son santos de mi devoción – las mejillas de Gema se ruborizaron y enfrentó a su amiga con la mirada, furiosa. Eligió quedarse callada y morderse la lengua. Miller se limitó a encogerse de hombros a su lado y sonreír de esa manera maliciosa tan suya -. Será mejor que sigamos avanzando, nos haremos tarde – sentenció Deborah olvidando el tema y tirando su cabello para atrás. Su enamorado la miró seriamente y se pasó una mano por la mandíbula.
– ¿Ya te vas? – le preguntó, arrastrando las palabras.
– Sí, nos vemos más tarde – contestó, sonriendo traviesamente. Se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla.
El chico controló sus impulsos apretando los puños mientras Deborah envolvía su brazo con el de Gema, apartando a un lado a Miller. Sin más empezó a avanzar, jalando a Gema hacia adelante. A Miller no le quedó otra que avanzar con ellas.
Al igual que Gema, Deborah era una de las chicas más atractiva del instituto. E incluso algunos la consideraban más buena por su facilidad cuando de chicos se trataba. Su piel clara era suave, adornada con pecas en el rostro y hombros. El cabello dorado que tenía le caía en ondas a ambos lados de su rostro, resaltando sus ojos de color verde. No era muy llena, sino más bien era algo delgada. Aun así tenía las curvas donde se debía y las aprovechaba al máximo, usando ropa oscura y pegada. Era algo que personalmente le encantaba explotar.
El camino restante al instituto era corto por lo que llegaron en cuestión de minutos. William, el portero, los saludó con una sonrisa. Era una persona agradable que siempre escuchaba a todo el mundo, sin importar lo estúpido que fuera.
Al entrar caminaron hasta el pabellón de su año y encontraron con un gran caos, como siempre. Todos gritaban y lanzaban al aire cosas como si fuera la cosa más normal, lo que era entre todos. Una bienvenida en toda su extensión.
De entre la multitud los saludó una chica alta y delgada. Deborah al verla sonrió de lado, maliciosamente. Luego de eso disfrutó con el gesto con el que la chica le respondió, repulsión en la mirada.
– Karol – murmuró divertida y Gema le frunció el ceño.
Karol Levi era la chica más débil que alguna vez Deborah había conocido, pero también la más enérgica cuando se trataba de joder el momento. Gema la quería como a su mejor amiga, mientras que Deborah disfrutaba fastidiándola a cada segundo.
Con su figura alta y larga, avanzó abriéndose paso entre la gente como si nada. Su cabello era de un negro noche, y caía espeso y largo a un lado de su rostro, contrastando la palidez de su piel. Siempre que podía Deborah la molestaba con el hecho de que lucía como un ser del más allá con sus ropas oscuras y piel blanca. En menos de lo que pensaban llegó hasta los tres y lanzó un chillido.
– ¡Gema! – exclamó llena de emoción, para presionar con sus delgados brazos el cuerpo de su amiga. Gema no se negó y sonrió ampliamente.
Si algo todo el mundo tenía claro era que para ser amiga de Karol se tenía que poseer un increíble don de la paciencia y comprender cada una de sus cosas. Algo que Gema había terminado dominando con el paso de los años.
Karol se separó de ella y saludo con la misma efusión a Deborah. Al ver a Miller con Gema lo miró confundida. Quiso decir algún comentario pero se quedó en silencio antes de hacerlo. Igualmente saludo a Miller con un abrazo y les sonrió a todos de esa manera que ella solo podía hacer.
– ¿Qué tal sus vacaciones…? – quiso preguntar Karol pero Miller sin siquiera mostrar interés se dio media vuelta y se alejó de las tres. Gema lo miró furiosa mientras se alejaba.
Lo odiaba tanto cuando se comportaba de esa manera, como si fuera un privilegio tener su atención. Odiaba que fuera tan indiferente; e insensible algunas veces; con la gente. Y en ese momento se odiaba a sí misma por prestarle más atención de la que debería.
– Deberíamos de buscar a Liz, estoy segura de que ya llegó – comentó Deborah y Karol asintió con la cabeza. Gema notó que hasta el momento Deborah no había hecho ningún comentario de Karol y suspiro aliviada.
– Yo…las veo en el salón – dijo y antes de que Karol al pudiera detener se alejó para perderse en la multitud.
– Ya está así y ni se ha encontrado con Gerard – se burló Deborah encogiéndose de hombros y caminando en dirección contraria a Gema.
Karol miró a ambos lados perdida y siguió a Deborah con algo de exasperación contenida.
– Sigo sin poder creerme que Gema te tiró – soltó sin delicadeza la pequeña castaña. Gerard la miró furioso y lanzó la puerta de su casillero con ira. La chica a su lado sonrió.
– Deja de mencionarlo, joder – aquello solo provocó que la chica sonriera aún más.
Samantha disfrutaba con la agonía de los demás, en especial con la de los más cercanos a ella y los que más felices habían sido en su momento. Tenía un corazón de piedra y sabía exactamente lo que quería.
Por algo había sido la causante de muchas peleas entre parejas. De pequeña estatura y tal vez más caderona de lo normal, Samantha disfrutaba de todo siempre que podía. El cabello castaño que tenía se asimilaba al color de la caoba, y su rostro inocente confundía a más de uno que se perdía en ella.
- Deja de quejarte y afronta la realidad, no seas un maricon – le reprochó rodando los ojos. Gerard quería matarla por ser tan poco sensible y solo pensar en ella, pero era su mejor amiga a pesar de todo.
- ¿Y cómo está Luka después de que lo dejarás un día antes de su aniversario? – preguntó, tocando tal vez no el punto más débil de Sam pero si el más fastidioso.
– Aceptando la realidad, muchas gracias por preocuparte – le respondió ella con los ojos como llamas. Odiaba escuchar la mención de su ex, pero no le importaba demasiado como para afectarla.
Las cosas habían sido buenas con él, y la había entretenido lo suficiente como para no dejarlo a los pocos meses. Sin embargo el primer día había llegado y la emoción de salir con un chico mayor quedó hundida en el pasado. Sam estaba ansiosa por ver los rostros nuevos que ingresarían ese año. Carne fresca para una leona. Y parecía que ese iba a ser su año de… ¿suerte?
No muy lejos de ambos Miller caminaba a paso despreocupado por la escuela. Algo desconcentrado fue hacia su casillero sin ningún motivo en especial y lo revisó para irse sin más.
En cuánto ella lo vio alejarse sus ojos brillaron con diversión y sonrió a medias.
– Mira quien se va por ahí – dijo señalando con la cabeza al rubio, que ya desaparecía dando la vuelta a una esquina. Gerard lo miró y se encogió de hombros.
– ¿Qué tiene? Es solo Miller con sus pasos de dios, como siempre – Sam rodó los ojos, exasperada.
– Tomaré tu comentario como que ya sabes que Miller al parecer es el nuevo amor de Gema – aquello acabó con la paciencia de Gerard, que contra todos defendería siempre a Gema.
– ¿Estás insinuando que ella es una perra como tú? – le dijo con dureza, esperando que Samantha se ofendiera o al menos quedará lastimada. Más ella solo sonrió.
– Una peor diría yo, y no digas que no te advertí – contestó y se alejó.
Gerard encerró la ira que bullía por explotar en su interior.
No podía permitirse el lujo de explotar bajo la mira de todos. Respiro hondo y cerró los ojos. Lo volvió a hacer con miedo a que, tal vez, algunas lágrimas no deseadas resbalarán por sus ojos. Tenía que superarlo de una vez por todas.
A diferencia de lo que los demás creían, Gerard era mucho más sensible de lo que aparentaba. Pensó en Miller y por un momento se imaginó siguiéndole para hablar con él un momento…pero no.
Siempre había sido tímido y distante. Nunca encontraba las palabras con las que decir lo que tenía en mente y siempre le salía alguna cosa extraña de los labios.
No era el chico más atractivo, pero aun así se consolaba con el hecho de que Gema en algún momento lo había encontrado el chico más lindo de la escuela a la que solían ir juntos. Era alto, de piel aceitunada y postura algo encorvada. Usaba camisetas grandes que lo hacían verse más delgado y largo de lo que era.
En el reflejo de su reloj de mano vio su rostro, serio y de facciones duras y toscas. Tal vez sus cejas eran muy grandes y pobladas, pero era algo que siempre a Gema le había encantado. Con sus labios delgados y sus ojos tristes. ¿Cuándo Gema había dejado de ver en él lo que la había enamorado?
Sin embargo, como el más cruel veneno, en su mente brilló la imagen de Miller. ¿Qué es lo que Miller tenía que él no? Pensó mientras inconscientemente la respuesta se dibujaba en su mente. Todo.
Miller era el más inteligente en todo el año, solo superado por algunas chicas más astutas. Miller era guapo, él no. Miller tenía ojos claros, los de él eran cafés. Miller tenía las facciones perfectas, el cuerpo de un atleta…
¡Debía detenerse! Mucho masoquismo para un día.
Se despeinó su cabello oscuro y soltó un suspiro. No era muy guapo, y él lo sabía interiormente. Solo no quería recordárselo todo el tiempo. Aun así le gustaba el aire a cachorrito perdido que atraía a algunas chicas.
Tenía su jale con algunas.
Sonrió mientras un grupo de chicas de primer año pasaban a su lado mirándolo disimuladamente, susurrando y escondiéndose tras sus libros. Se conformó y agradeció que existieran esas chicas que le subían la autoestima.
Ya encontraría la forma de olvidarse de Gema y su inminente adiós.
El sol brillaba tanto que era difícil ver el rostro de todos los alumnos. Al menos de los cuantos que habían seguido la indicación y estaban reunidos en el patio principal. Primer día y ya todo era un caos.
El profesor Hipnos luchaba por desenredar los alambres del amplificador; tarea que no parecía tan fácil. De igual manera que los profesores, portaba el típico uniforme: camisa azul y pantalón de vestir. Les daba un aspecto intelectual que todo el mundo tomaba como un chiste.
Bell, aquella chica que estaba en todos lados sin estarlo físicamente, repartía abrazos y besos a todo el mundo.
Su aspecto sin mucha belleza; pero si atractivo para la gran mayoría; lucia emocionado. No dejaba de parpadear y sonreír exageradamente. La idea de los nuevos alumnos la tenía nerviosa, como siempre.
Ella nunca se quedaba con un grupo, ni siquiera con un chico. Se aburría con facilidad de las cosas y emprendía la búsqueda de nuevas cosas o personas que llenarán sus deseos momentáneamente para aburrirse a la larga. A penas y lograba conservar su larga amistad de años con Karol, que aguantaba casi por un cariño fraternal.
Sin perder más tiempo su mirada se posó en el grupo de los nuevos con curiosidad. Los ojos negros que poseía combinaban más que bien con su cabello negro oscuro y su piel morena. Toda matices oscuros. La mayoría decía que los labios gruesos en su rostro se veían mejor, y todas las chicas la fastidiaban con su gran trasero.
– Alum-nos. Alum-nos. Sil-en-cio – pronunció el profesor Hipnos dejando escapar un horroroso sonido del micrófono. Todos los presentes se cubrieron los oídos y miraron con desagrado al profesor -. Alum-nos – volvió a decir, como si no se cansará de esa palabra. Se veía como un completo imbécil. Y es que en verdad lo era con su delgada figura, gafas y cabello negro. Los alumnos se reían de él y bueno, no había mucho que hablar de sus clases de historias. No habían profesores guapos en la escuela, el profesor Hipnos era prueba de ellos.
Bell torció los labios fastidiada y ni se molestó en voltear a mirarlo mal.
Volvió a concentrar toda su atención en los chicos nuevos. No eran muchos, pero siempre había algunos más interesantes que otros.
Les echó una mirada a todos con rapidez. Chicas de todo tipo, una muy extraña de cabellos largos y ondulados con un par de gafas. Ni siquiera le prestó más atención y pasó a las siguientes. Un par de chicas morenas, con trenzas y gafas redondas. Apostó a que eran gemelas, o al menos mellizas.
Y lo vio.
Escondido entre todos, un chico agazapado entre los demás. Tenía la mirada perdida y parecía asustado. Sin pensarlo dos veces se detuvo para mirarlo más detenidamente. Cualquier chico como aquel necesitaba una doble mirada.
Dentro de su mente, llena de todo tipo de pensamientos estúpidos e inmaduros, sacó una conclusión del aquel nuevo individuo.
Sería la comidilla de todos.
Sintió un poco de pena por todo lo que le esperaba, y un sentimiento acogedor de ser su amiga la invadió.
Era alto y fornido, aunque estuviera en posición encorvada y tímida. Tenía el cabello de color cobre, y en forma de rizos caían sobre su frente. Incluso desde lejos sus pequeños ojos verdes brillaban como un par de esmeraldas. Al igual que su piel pálida. Era bellísimo.
Bell sonrió maliciosamente. Entre sus pensamientos.
Era muy guapo y estaba más que bueno, pensó sin despegar la mirada. Y no era que fuera tan guapo, sino que tenía algo en sí que era hermoso. Algo en su persona que atraía como un metal.
Sin quitarle la mirada se acercó hasta la amiga más cercana que encontró. Cassia.
– Cassia, Cassia - la llamó discretamente pellizcándole el brazo para que le prestará atención.
– ¿Qué? - llegó a decir antes de que se le adormeciera el brazo.
– Míralo. Ahí - señaló al chico y le sonrió de medio lado.
– ¿Dónde? ¿A quién? - pregunto la chica confundida.
– Justo ahí - se quejó.
– Lo siento no traigo mis gafas - expresó con ironía.
– ¡Silencio! - al parecer el profesor Hipnos ya estaba perdiendo la paciencia. Qué gritó con violencia y todos se quedaron en silencio.
Cassia y Bell se formaron en su zona mientras Bell describía apuradamente al chico. Cassia se limitaba a rodar los ojos ante la exagerada descripción de su amiga.
– Está bueno - afirmo y Cassia negó con la cabeza. No le creía ni una pizca. Bell era experta en exagerar cosas.
– Bueno esta Hipnos, ¿okay? Recuerda que tienes un flaco, Bell - dijo con sarcasmo y Bell bufó.
– Julian y yo necesitamos un tiempo - se excusó.
– Apuesto a que lo decidiste hace algunos minutos - soltó y Bell la miró furiosa.
Sin decir más Cassia se volteó a escuchar al profesor dar la Bienvenida. Si las cosas empezaban así, como sería el año…
El 09B. El 09B. ¿Dónde coño estaba el aula? Segundo piso. Que estúpida. Deborah parecía que había olvidado hasta la ubicación de las aulas. El verano había sido uno de los mejores de su vida, sin embargo volver a la escuela no le parecía tan divertido.
Mientras pensaba que ya no podría salir por la mañana con su enamorado, se le vino a la mente la idea de una fiesta de bienvenida. Debía de haber una.
Con esa idea entró al aula. Todos ya estaban dentro y lucían igual de despreocupados que siempre. Se acercó hasta sus amigos con una sonrisa fluyendo en su rostro, aquel grupo extraño hecho de varias combinaciones entre personas.
Una chica de rulos. Uno con aspecto malogrado. Un chino extraño. En fin.
– Fiesta en la casa de Nicky, hoy. Por bienvenida - dijo con su tono inocentón y una sonrisa iluminando su rostro. Uno de los chicos sonrió de medio lado y tiró al suelo el cigarro que estaba fumando. Sus ojos brillaban, resaltando el color canela de ellos.
No tenía el menor respeto por si algún profesor entraba y lo observaba fumando. Sabía que no le darían problemas, y tampoco es que le importaba mucho. Deborah sonrió aún más al verlo.
– ¿Tú te encargas de la comida y bebida, Luci? - preguntó alzando una ceja y el chico se encogió de hombros.
– Tú sabes que lo mío no faltará, Deborah - la chica sonrió.
– ¿Nick sabe de esto? - preguntó Lizzie y Deborah negó con la cabeza.
– A quién le importa, su casa siempre está libre - dijo despreocupadamente aplastando el cigarro que Luci había tirado al suelo -. No vuelvas a desperdiciar algo como aquello frente a mí - le dijo y él chico sonrió.
Aquel chico tenía un atractivo peligroso, y todos sabían de ello. Aunque casi pocos eran los que se resistían. Lucifer era simplemente Lucifer. Con su sonrisa como duende, ambiciosa y amplia. Sus ojos brillando de maldad. Tenía un aspecto demacrado y algo arruinado que le daba un gran significado a su nombre. Lo que más le gustaba a Deborah de él era lo similar que su cabello era a la ceniza.
Un chico delgado, con las facciones finas y ojos tímidos entró al aula y Deborah sonrió por la facilidad con la que a veces le sucedían las cosas.
– Eh, Nicky – lo llamó y él volteó por el apodo que su querida amiga le había puesto -. Hoy en tu casa, ¿no? – Nick, como único adinerado del grupo, tenía una mansión que usaban siempre que querían. Deborah sabía que no se negaría.
– Claro – aceptó sin más y fue a sentarse al fondo del salón. Deborah lo siguió con la mirada. Estaba con un grupo de chicos que no llamaban su atención y con… ¿Quién demonios era ese chico?
Clavó sus claros ojos en aquel peculiar muchacho.
Cassia y Lizzie se miraron al ver en qué Deborah se había fijado en el nuevo. Mientras Luci y los demás hacían bromas, Deborah miró más atentamente al chico que era el centro de su atención momentáneamente.
Alto, esbelto, guapo y de buen cuerpo. Todo lo que ella desearía en un chico. Y ahí estaba, frente a ella, mirando el salón con algo de miedo, a pesar de estar entre varias personas no habla con ninguna de ellas. Claramente tímido.
– ¿Nuevo? - preguntó y la chica de rulos asintió con la cabeza.
– Según todos sabemos tienes chico, Deborah - dijo y Cassia y Lizzie sonrieron ante la sinceridad de la chica. Uno de los chicos, alto y algo chino entrecerró los ojos y negó con la cabeza.
– Mejor no meterse - dijo encogiéndose de hombros al ver la mirada asesina de la rubia. Deborah puso los ojos en blanco y tomó asiento dándole la espalda al chico. Tenía mucha curiosidad de seguir mirándolo pero no les iba a dar en el gusto a sus amigos. Ella tenía un enamorado al que… ¿quería?
Se encerró en sí misma y dejó que los demás continuaran hablando de quienes les enseñarían ese año, o que habían hecho durante el verano. Luci estaba igual que ella, callado mirando todo. De rato en rato comentaba algo fuera de lugar pero al momento exacto, provocando risas de los presentes.
Por un momento Deborah perdió la concentración de lo que pasaba a su alrededor y por primera vez no les prestó la mínima atención a sus amigos. No podía dejar de pensar en el chico sentando al fondo.
Sin aguantarse giró la cabeza para mirar sobre su hombro y lo miró. Al menos por unos segundos. Él notó que alguien lo estaba observando y alzó la vista, buscando quien era su acosador. Deborah giró la cabeza bruscamente y soltó una bocanada de aire.
– ¡Deborah! – la llamó Lizzie y miró confundida a su amiga -, el profesor lleva llamando tu nombre desde hace rato – explicó y Deborah observó a un hombre sentando en el pupitre de enfrente.
– Deborah Dora Green, más atención por favor – la regañó el profesor y todo el salón estalló en risas ante su nombre completo.
– ¿Cuándo me devoras, eh? – le dijo Luci en voz baja, acercándose a su oído para burlarse personalmente. Ella le lanzó una mirada furiosa, muy propia de las suyas, y esperó que él se acobardará más solo sonrió aún más.
Deborah comprendió que le esperaba un largo año. Muy largo.
La mansión de Nick era el lugar perfecto para la fiesta de bienvenida, aunque tampoco estaba mal para la fiesta del año también.
Un lugar enorme, lleno de habitaciones y todos los implementos necesarios para vivir toda una vida. Con tres pisos, patio, azotea, luces y un bar de tamaño aceptable… ¿Qué más se podía pedir? Eso y agregarle el que sus padres nunca estaban en casa. La perfecta escapatoria para todos los adolescente hormonados que habitaban en el instituto.
Karol vestía ropa comprada especialmente para la ocasión. Y es que tenía la costumbre de que cuando una fiesta se iba a celebrar, algo tenía que comprar. Gracias a su madre y su tarjeta de crédito, claro.
Con el rostro impacientando y un pie dando golpes en el suelo, como siempre esperaba con Cassia y Lizzie en la entrada a que les abrieran la puerta. Cassia y Lizzie odiaban llegar temprano a las fiestas, pero Karol amaba ser la primera en llegar y ya que ella las llevaba y dejaba en casa con su carro recién comprado solo se limitaban a aceptar y sonreír.
Karol era un demonio al volante, pero jalaba a quién se lo pidiera sin pedir nada a cambio.
El cerrojo sonó y la puerta de abrió, exaltando a Karol.
– La invitación decía en una hora más, Karol - se quejó Deborah detrás de la puerta. Estaba completamente despeinada y tenía una botella; que obviamente era uno de los wiskis más caros de los padres de Nick; abierta agarrándola del pico. Estaba a la mitad y se notaba a leguas que ella era la responsable de ello.
La ropa que tenía puesta era muy a su estilo, y su cabello alborotado y claro le daba un brillo especial. Aún más con la sonrisa de borracha que tenía en el rostro.
– Pues yo veo que la fiesta ya está en lo mejor - comentó Karol cruzándose de brazos al escuchar la música proveniente del interior y algunos gritos.
– Era la invitación para ti - dijo con su tono de niña buena -. Pasen chicas - dijo jalando a Cassia y Lizzie. Intentó cerrar la puerta en la cara de Karol pero Cassia la detuvo con el pie.
– Deja de comportarte como una perra – le recriminó Lizzie y Deborah dejó de hacer fuerza para que no abrieran la puerta con una sonrisa en el rostro. Era claro que eso no se quedaría así.
Karol la fulminó con la mirada y entró con paso digno, sin mirar a Deborah.
– Ya dejen esa estúpida pelea - comentó Cassia y Deborah se limitó a reír divertida, aunque se notaba a leguas que ya se las cobraría con ambas chicas por defender a su presa.
La música resonaba en cada rincón de la casa las luces aún estaban prendidas y se podía ver perfectamente quienes estaban ahí.
Lizzie, ya en la sala de estar, vio que habían convertido el suelo en un mar de botellas. Pudo distinguir a algunos de sus conocidos dentro, borrachos.
– Hey - se le acercó una chica con rizos rubios en la cabeza. Clace Redwood. Pequeña con unos ojos canela y con el lenguaje más “fluido” que conocían, incluso más que Luci.
Le arrojó una botella casi a medio acabar a Lizzie y se acercó a su oído. La botella cayo rota a sus pies.
– Johnatan está jugando con algunas putas en el patio…solo hay que mantener a Karol lejos, ya sabes nos ahorramos drama y a la mierda todo - gesticuló como pudo y Lizzie frunció los labios.
Aquella historia no valía la pena ni siquiera recordarla. La forma en que Karol se había enamorado de un completo imbécil y el romance entre ellos había sido simplemente un juego. Porque para para él todo era un juego. Lamentablemente, para Karol había sido muy real.
Las chicas, las fichas. Él, el ganador. Y Karol era la que más le divertía.
Cuando volteó para buscarla solo se encontró con Luci con varias botellas y una sonrisa maligna en el rostro.
– ¿Una mezcla? - les dijo a las tres y Lizzie negó con la cabeza sin poder evitar sonreír.
– No mates a nadie, al menos no hoy - dijo simplemente para hacerlo a un lado y salir de entre el montón. Volteo una vez más y vio como Clase se divertía viendo a Luci tomar de dos botellas al mismo tiempo.
Cassia se encontraba al lado de Karol, que bebía una botella de golpe. Miró confundida a Cassia, que se limitó a encogerse de hombros.
– Está un poco nerviosa porque va a arreglar las cosas con Johnatan hoy - le explicó y Lizzie negó con la cabeza. Cassia entendió a la perfección y soltó un suspiro. Era de esperarse de él.
– Vamos a arreglar las cosas y todo estará bien, ¿okay? - dijo con terquedad Karol al ver la desconfianza de sus amigas. El problema es que nada iba a estar bien y tanto Lizzie como Cassia lo sabían perfectamente.
Cassia intentó decir algo pero Karol se apartó de ellas molesta. Ambas optaron por seguirla entre el montón de gente, pero se vieron detenidas por Deborah bailando alegremente con su novio.
– ¡Diviértanse! - grito al ver el ceño fruncido de ellas. Sin que pudieran evitarlo Deborah las jalo al centro de todo y ambas se vieron envueltas entre toda esa gente borracha que bailaba descontroladamente.
En menos de lo que pensaron se sumergieron en la euforia del momento y se dejaron llevar por todos olvidando por un momento a Karol. Clace reía divertida con ellas al igual que Deborah, que era chicle con su enamorado.
Las luces se apagaron de golpe y ya nadie supo ni donde estaba parado. Eran un grupo de adolescentes locos por diversión ilegal y extrema. Todos bebían de una sola botella que iba de mano en mano de todos los que estaban presentes.
Luci también seguía el juego hasta que alguien casualmente derramó su bebida en él. La furia se mostró en su rostro y le dio un fuerte empujón al chico, derribándolo al suelo. Deborah se detuvo y Lizzie y Cassia la siguieron.
Aquello iba a terminar mal. Luci de Lucifer. Estaba a punto de hacer un infierno.
Literal.
De un momento a otro una llama se prendió y se extendió en la alfombra. Todos empezaron a gritar mientras Luci sonreía divertido por el caos. La luz del fuego lanzaba un brillo extraordinario e iluminaba la sala, Nicholas al verla exigió quien era el culpable. Pero Luci ya había desaparecido. Y con él unas cuantas de botellas de alcohol.
No muy lejos de todos Karol observaba por las ventanas que daba al patio, con la esperanza de encontrar a Jonathan. Y vaya que lo encontró. Encima de una rubia delgada. La besaba por todos lados. El corazón de Karol se encogió dejando que sintiera un profundo dolor. Se podía ver claramente lo que sucedía. Su mundo se fue abajo, no sentía sus piernas y un gran nudo en la garganta se le estaba formando. Él alzó la cabeza y al verla sonrió de lado.
Aquello fue todo.
Karol se alejó de esa escena lo más que pudo y subió al segundo piso. Cerró la puerta del cuarto al que se había metido y dejó las lágrimas fluir sobre su rostro. Sin saber qué hacer o tal vez si lo sabía.
En medio de su desesperación lanzó su bolso contra el gran vidrio que adornaba la pared. El espejo se cayó a pedazos frente a ella y vio su rostro distorsionado. Las lágrimas le quemaban las mejillas.
Inconscientemente tomó un pedazo de los vidrios entre sus dedos y dejó que el filo rasgara la piel de sus dedos. No dolía, no sentía, solo lloraba. Se tumbó en el suelo entre sollozos intentando borrar todo. Borrarlo a él. Borrar.
Tomó la determinación de hacer algo que tenía que hacer hacía mucho tiempo.
En el piso de abajo, en medio de todo el alboroto, las llamas del fuego, que inútilmente intentaba apagar Nicholas, le hicieron recordar a Cassia sobre Karol.
Le dio un golpe en el brazo a Lizzie, que reía por el fuego, la miró, y entendió automáticamente. Empezaron la desesperada búsqueda de su amiga entre todos los presentes. La mayoría se había ido al patio ya que la sala estaba incendiada. Así que no fue difícil saber que no estaba ahí.
Sin decir palabra alguna Clace se les unió y cuando subieron al segundo piso y se encontraron con un completo y sepulcral silencio a las tres les recorrió un escalofrío.
Cuando Lizzie abrió la única puerta que estaba cerrada Clace sacó su celular mientras Cassia corría al cuerpo tirado de su amiga.
FIN DEL PRIMER CAPÍTULO
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