miércoles, 6 de mayo de 2015

Acuarela



    Amelie le sonrió del lado, como siempre, y solo con eso le dejó en claro que no descubriría nada nuevo. Por más que se tratará de su último encuentro. Ella se iría para siempre de su vida y no le revelaría el gran secreto, el motivo que lo había tenido frente a ella por más de un año.
¿Ya era un año? Oliver sentía que solo habían pasado un par de días desde que ella apareció en su vida. Vestida de sombras emergió de la oscuridad y tomó asiento junto a él en la barra, sin dejar de sonreírle. Oh, esa sonrisa. Una simple mueca que le presumía saber más que él.
Las razones por las que había terminado en medio de ese bar de mala muerte eran muchas, más no recordaba ni una sola. Sin embargo, desde entonces nunca dejó de ir. Esperando con ansias la noche para escucharla, como siempre.
No se necesitaron palabras para que ella quedara estampada en su mente. Noche tras noche la escuchó sin decir absolutamente nada, dejándose absorber por la historia que tenían sus hermosas facciones.
Los ojos oscuros que tenían le transmitían la tristeza que el abandono de sus padres había causado. Un brillo permanente en ellos, como si de un momento a otro se fuera a echar a llorar sin control. La curva de su nariz respingada le recordaba la constante manía que tenía de aspirar el aroma de las flores, las hojas marchitas, el café de las mañanas y la colonia que siempre usaba. Oliver disfrutaba observando cada detalle de su rostro, escuchando cada frase de sus labios y sintiendo el suave tacto de sus manos.
Todas las noches en el mismo bar de siempre, con el olor a tabaco y el ruido de los borrachos de fondo. Amelie se había dejado conocer en un lugar tan grotesco para ser una criatura exquisita. Hasta que Oliver, cansado del ambiente en el que se encontraban, decidió llevarla al parque que se encontraba doblando la esquina de su casa.
Amelie en un inicio se había negado rotundamente a ello, ya que alegaba que el lugar en que su relación había nacido era aquel bar escondido en los suburbios. Más tras tanta insistencia de Oliver, terminó cediendo.
Ver a Amelie en un lugar distinto cambió de muchas maneras la perspectiva que Oliver tenía de ella. Sus labios se ponían más rojos y sus mejillas lucían con más vida. Era fascinante observarla llegar con su bicicleta a un lado y el cabello despeinado.
La relación entre ambos avanzó otro paso y cambio. Para Oliver estar con ella era como viajar en bicicleta. Escuchar su risa de fondo a través del aire, caerse a trompicones al intentar avanzar más rápido y levantarse aunque supiera que iba a terminar cayéndose nuevamente.
Y es que siempre era así cuando se trataba de Amelie. Cuando creía que descubría algo nuevo de ella se equivocaba y terminaba más confundido aún. ¿Qué era lo que tenía ella que lo tenía tan fascinado?
        Empezamos con 50 dólares. ¡Ahora! – la voz gruesa del subastador sobresaltó a Oliver que dio un brinco en su asiento. La multitud a su alrededor se despertó y pronto todos empezaron a escribir números en sus cartillas.
Oliver observó sus manos vacías y al alzar la vista se encontró con los ojos de Amelie. En vez de pedirle que se quedara a su lado le pedía libertad. ¿Dejarla ir? Aquello dejaría un vació irreparable en su interior.
        Ofrecen 100 dólares – una mujer regordeta alzó su cartilla y tosió para llamar la atención del hombre -. 200 dólares ¿alguien da más? ¡300 dólares! – la suma subía a cada segundo y la gente se acaloraba hasta llegar a los gritos -. ¡950 dólares! 950 a la una – el público se resignó ante el hombre de traje que había dado la última oferta -, a las dos y a las tres – la subasta dio fin con un suspiro de resignación y una sonrisa triunfante -. El cuadro Amelie de pintor anónimo es vendido al señor Johnson.
Escuchar aquello provocó un punzante dolor en el pecho de Oliver, que se mantuvo en su asiento por más que deseará brincar al escenario y esconder a Amelie. Fue como si un escalofrió recorriera su cuerpo en cuanto el nuevo dueño de Amelie la cogiera en sus manos para examinarla.
Las acuarelas esparcidas en el lienzo lucían frescas en el rostro pintado de ella. Amelie sonreía de lado, con su mano derecha acariciando su mejilla sonrojada y con la izquierda cogiendo un tulipán claro. Oliver sufría en silencio mientras se llevaban su obra más preciada lejos.
Cerró los ojos sin levantarse del asiento, perdiéndose entre el ruido que provocaban los demás al retirarse del auditorio. Una segunda subasta empezaría y nadie lucía interesado en quedarse.
Oliver sintió como Amelie abandonaba la habitación para siempre, y como consigo se llevaba un pedazo de su alma.

- A.







No hay comentarios:

Publicar un comentario