Amelie le sonrió del lado, como siempre, y solo con eso le
dejó en claro que no descubriría nada nuevo. Por más que se tratará de su
último encuentro. Ella se iría para
siempre de su vida y no le revelaría el gran secreto, el motivo que lo había
tenido frente a ella por más de un año.
¿Ya
era un año? Oliver sentía que solo habían pasado un par de días desde que ella apareció en su vida. Vestida de
sombras emergió de la oscuridad y tomó asiento junto a él en la barra, sin
dejar de sonreírle. Oh, esa sonrisa. Una simple mueca que le presumía saber más
que él.
Las
razones por las que había terminado en medio de ese bar de mala muerte eran
muchas, más no recordaba ni una sola. Sin embargo, desde entonces nunca dejó de
ir. Esperando con ansias la noche para escucharla, como siempre.
No
se necesitaron palabras para que ella quedara estampada en su mente. Noche tras
noche la escuchó sin decir absolutamente nada, dejándose absorber por la
historia que tenían sus hermosas facciones.
Los
ojos oscuros que tenían le transmitían la tristeza que el abandono de sus
padres había causado. Un brillo permanente en ellos, como si de un momento a
otro se fuera a echar a llorar sin control. La curva de su nariz respingada le
recordaba la constante manía que tenía de aspirar el aroma de las flores, las
hojas marchitas, el café de las mañanas y la colonia que siempre usaba. Oliver
disfrutaba observando cada detalle de su rostro, escuchando cada frase de sus
labios y sintiendo el suave tacto de sus manos.
Todas
las noches en el mismo bar de siempre, con el olor a tabaco y el ruido de los
borrachos de fondo. Amelie se había
dejado conocer en un lugar tan grotesco para ser una criatura exquisita. Hasta
que Oliver, cansado del ambiente en el que se encontraban, decidió llevarla al
parque que se encontraba doblando la esquina de su casa.
Amelie en un inicio se había negado rotundamente a ello, ya
que alegaba que el lugar en que su relación había nacido era aquel bar
escondido en los suburbios. Más tras tanta insistencia de Oliver, terminó
cediendo.
Ver
a Amelie en un lugar distinto cambió
de muchas maneras la perspectiva que Oliver tenía de ella. Sus labios se ponían
más rojos y sus mejillas lucían con más vida. Era fascinante observarla llegar
con su bicicleta a un lado y el cabello despeinado.
La
relación entre ambos avanzó otro paso y cambio. Para Oliver estar con ella era
como viajar en bicicleta. Escuchar su risa de fondo a través del aire, caerse a
trompicones al intentar avanzar más rápido y levantarse aunque supiera que iba
a terminar cayéndose nuevamente.
Y
es que siempre era así cuando se trataba de Amelie.
Cuando creía que descubría algo nuevo de ella se equivocaba y terminaba más
confundido aún. ¿Qué era lo que tenía ella
que lo tenía tan fascinado?
−
Empezamos con 50
dólares. ¡Ahora! – la voz gruesa del subastador sobresaltó a Oliver que dio un brinco en su asiento. La multitud a
su alrededor se despertó y pronto todos empezaron a escribir números en sus
cartillas.
Oliver observó sus manos vacías y al alzar la vista
se encontró con los ojos de Amelie. En
vez de pedirle que se quedara a su lado le pedía libertad. ¿Dejarla ir? Aquello dejaría un vació irreparable en su
interior.
−
Ofrecen 100
dólares – una mujer regordeta alzó su cartilla y tosió para llamar la atención
del hombre -. 200 dólares ¿alguien da más? ¡300 dólares! – la suma subía a cada
segundo y la gente se acaloraba hasta llegar a los gritos -. ¡950 dólares! 950
a la una – el público se resignó ante el hombre de traje que había dado la
última oferta -, a las dos y a las tres – la subasta dio fin con un suspiro de
resignación y una sonrisa triunfante -. El cuadro Amelie de pintor anónimo es vendido al señor Johnson.
Escuchar aquello provocó un punzante dolor en el
pecho de Oliver, que se mantuvo en su asiento por más que deseará brincar al
escenario y esconder a Amelie. Fue
como si un escalofrió recorriera su cuerpo en cuanto el nuevo dueño de Amelie la cogiera en sus manos para
examinarla.
Las acuarelas esparcidas en el lienzo lucían frescas
en el rostro pintado de ella. Amelie sonreía
de lado, con su mano derecha acariciando su mejilla sonrojada y con la
izquierda cogiendo un tulipán claro. Oliver sufría en silencio mientras se
llevaban su obra más preciada lejos.
Cerró los ojos sin levantarse del asiento,
perdiéndose entre el ruido que provocaban los demás al retirarse del auditorio.
Una segunda subasta empezaría y nadie lucía interesado en quedarse.
Oliver sintió como Amelie abandonaba la habitación para siempre, y como consigo se
llevaba un pedazo de su alma.

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